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martes, 10 de marzo de 2009

EL CIEGO Y EL SORDO

Una vez hubo dos hombres en una pequeña ciudad a quienes Dios les proporcionó una casa linda y una buena entrada. Tenían también esposas, hijos e hijas, a quienes podían dar una buena educación. Pero les faltaba una sola cosa en este mundo. A uno le faltó la luz del día, porque era ciego y tenía manchas en sus ojos. Al otro, el sentido del oído, porque era totalmente sordo. Y los dos se quejaban por su mala suerte.

El ciego habló así: - "Oh Dios poderoso. Tú habías creado a miles y miles de seres humanos en este mundo Tuyo y a todos diste ojos para poder ver cuando sale el sol, cómo son los campos y los viñedos y los árboles en flor. Pero yo, aunque tenga ojos, no puedo ver nada".

Y el sordo dijo: - "Dios poderoso, se dice que Tú no habías creado nada en vano y que cada parte del cuerpo que les diste a los seres humanos y a los animales, tiene su por qué y su para qué. Esos oídos que me has dado ¿para qué me sirven? Están puestos en mi cuerpo, sin embargo, yo no escucho nada".

Llegó un médico milagroso a esta ciudad. Toda la gente celebraba sus conocimientos pues, como dijeron, podía abrir los ojos de los ciegos, y también los oídos de los sordos.

Los dos fueron a verlo. Se inclinaron delante de él y le dijeron:

- "Sánenos, señor, y recibirá de cada uno de nosotros una bolsa de dinero como recompensa por su intervención."

El médico enseguida les preparó los ungüentos correspondien­tes.

El ciego untó la pomada sobre sus ojos, los frotó con agua limpia y - sus ojos se abrieron. Y él pudo ver todo. Vio la maravilla del día y el arco celestial lejano e infinito. Vio a los hombres, cómo andan y corren hacia su trabajo. Vio animales y pájaros, todos disfrutando la luz del día resplandeciente.

También su amigo frotó sus oídos con el agua curativa y, de repente, pudo escuchar todo. Se encontró con sus amigos. Hablaron con él y pudo escuchar su voz, hacer diferencia entre las voces bajas y fuertes, entre una voz agradable y desagradable...

Los dos estaban muy felices y contentos con este enorme cambio en sus vidas y se apuraron en llegar a su casa, para contar esta noticia brillante a sus mujeres.
Apenas hubo vuelto el ciego a la puerta de su casa, vio a una mujer fea como un monstruo que vino a su encuentro y le preguntó:

- "¿Dónde estuviste, esposo mío?"

Se estremeció al ver qué fea era ella y pensó: - "¿Tengo que compartir toda mi vida con esta mujer?" - Se quedó muy confundido y angustiado.

Cuando el sordo llegó a su casa, lo maldijo una mujer mala, con las maldiciones más groseras por haber llegado tarde, y ni quería saludarlo. Entonces dijo el hombre que acabó de sanarse: - "¿Tengo que compartir mi casa con esta mujer?" - y se quedó callado porque en su alma se sentía engañado. Y la mujer mala amargaba la vida de su hombre, que hace poco antes era sordo. Ella peleaba con él mucho más que antes, y el ciego que había recuperado su vista, estaba sentado junto a su mujer que parecía un espantapájaros. Estuvieron juntos al lado de la mesa y él no se sentía capaz de levantar su vista para verla, por fastidio.

Los dos estaban desesperados y cansados de la vida y pregun­taron: - "¿Por qué nos ha sanado Dios? Antes estuvimos mejor que ahora".

Probablemente todos entenderán la moraleja de este cuento: No hay mal que no podría ser seguido por algo peor.