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lunes, 12 de noviembre de 2007

110 AÑOS DE SOLEDAD (de Basilea a Jerusalem) por Mario Linovesky


En 1876 la escritora inglesa George Eliot (Mary Ann Evans), publicó una novela que no obstante desarrollarse en la ficción, mencionaba sucesos de la época que victimaban al judaísmo. En dicho escrito, con no poca valentía, denunciaba el antisemitismo que comenzaba a resurgir con fuerza en Europa y, simultáneamente, defendía el incipiente nacionalismo judío al que, en algún tiempo más, se conocería como “sionismo”. Quien portaba el estandarte de ese nacionalismo era un tal Daniel Deronda, combativo joven cuya identidad daba su título a la novela. Y esa obra, finalmente, terminó por constituirse en una afortunada premonición, ya que alrededor de dos décadas después el citado Deronda abandonaba la invención literaria e ingresaba en la historia real, con un nombre que la familia judía toda acabó venerando sin reservas: Teodoro Hertzl.


Hertzl, judío por tradición, en su juventud no fue sionista (una idea ésta que ya existía, aunque de manera inorgánica e innominada) sino todo lo contrario. Creía por entonces que la única forma de combatir el antisemitismo, era la gradual asimilación de los judíos con los pueblos cristianos, o sea, en la práctica, la desaparición de la identidad judía. Sin embargo el juicio tramposo que se le hizo en Francia al oficial judío Dreyfus, al que se acusó falsamente de “traición a la patria” y el violento antisemitismo que surgió paralelamente le hicieron cambiar de manera sustancial tal concepto, y le llevaron a abrazar la causa que sostenía: la necesidad de un “hogar nacional judío”. Desde ese momento Hertzl se convirtió en el más encendido defensor de una patria donde el “pueblo del libro” se convertiría en un grupo nacional separado, con soberanía sobre su propio territorio.


En 1896 el entonces periodista, a los fines de explicar su teoría, escribió un panfleto titulado “Der Judenstaat” (cuya traducción del alemán es: El Estado Judío), que abogaba por el establecimiento de una patria definitiva para el pueblo de Israel, desperdigado y perseguido en una peligrosa diáspora que duraba ya 20 siglos. Una solución ésta al problema del antisemitismo que había sido sugerida anteriormente por otros líderes judíos, pero que tuvo a Hertzl como adalid, siendo él asimismo el primero en tener la osadía de exigir una acción política inmediata y reconocida internacionalmente. Y luego de una corta pero fatigosa lucha que le llevó convencer a sus correligionarios de poner en práctica este plan, pudo por fin convocar un congreso pro sionista en 1897, que se reunió en Basilea (Suiza). Como resultado del congreso, se eligió a la “mal llamada” Palestina (topónimo inventado para esa zona por los romanos luego de asesinar al rabino Ieshu ben Iosef o Jesús y eliminar o exiliar a los judíos que quedaban, tratando con ésto borrar de la memoria colectiva la mención al pueblo que la ocupara por milenios) para el emplazamiento del futuro país, debido justamente a sus vínculos con la historia y tradición hebreas (también en ese cónclave aquellos hombres fundaron la Organización Sionista Mundial, a fin de ayudar a asentar las bases económicas del Estado que los desvelaba).


Comenzaron así a andar los judíos, bajo la inspiración del barbado batallador, un largo derrotero, cuyo objetivo consistía en plasmar como cosa real ese Estado que por entonces era poco más que un sueño. Aun así, transitar tal camino les habría de insumir todavía cinco décadas más, en medio de las cuales debieron soportar una cantidad inimaginable de calamidades, para desembocar por último en el genocidio (que redujo a la mitad los componentes del pueblo judío), perpetrado por los nazis durante la segunda guerra mundial.


Con todo, el ansiado día llegó, cuando en noviembre de 1947, dos años después de que la “derecha” derrotara militarmente a la “ultraderecha” en el mundo, y por una cantidad de causalidades y casualidades que convergieron para ello, la Liga de las Naciones (hoy la ONU) votó la partición de Palestina en dos estados, uno judío y el otro árabe.



LOS PODEROSOS, AVERGONZADOS POR SU INACCIÓN DURANTE LA MATANZA, SE ALLANARON POR FIN A HACER JUSTICIA

El motivo por el que se dio aquel resultado en la votación (33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones) obedeció, entre otras cosas, a ciertos hechos fortuitos que obraron a favor de la creación del país judío. Principalmente, se debió al asesinato masivo sufrido por el pueblo mencionado, al que se resolvió indemnizar (aunque insuficientemente visto el poco territorio que se le otorgó) con una patria donde resguardarse y poder desarrollarse en paz y seguridad. Otro suceso y no menos importante fue, aunque resulte difícil de concebir, la muerte del presuntamente democrático Franklin D.Roosevelt, (quien en una reunión con el rey Ibn Saud tras la conferencia de Yalta se pronunciara decididamente antisionista) y su reemplazo por el tibio prosionista y electoralmente calculador Harry Truman. David Niles, asesor personal de este último y simpatizante de la emancipación judía, afirmaría más tarde: “dudo mucho que Israel hubiese existido de haber vivido Roosevelt”. Un tercer acontecimiento, definitivo y también insólito dada su judeofobia manifiesta, fue la decisión a favor de la creación de Israel por parte Stalin, quien especuló erróneamente que un posible estado judío debería por fuerza ser socialista, y por tal pro soviético. Aunque, no obstante su yerro conceptual en eso le asistió parcialmente la razón, porque en los inicios Israel tuvo una marcada tendencia socialista; donde se equivocó y mucho, fue que además se transformó en un estado democrático, cosa que el estalinismo jamás consentiría. Puestas así las cosas, los EEUU, la Unión Soviética y otros 31 estados influidos política o económicamente por ellos aceptaron por fin la consecución de ese “hogar nacional judío” soñado por los sionistas de Basilea, aunque luego unos cuantos manifestaron su arrepentimiento.


De cualquier modo, luego del voto favorable de la ONU, Israel ya tenía asegurada su existencia. El terrorismo de Beguin que conducía a los “ultras” del Irgún y los embates bélicos de la Haganá comandada por el general Moshé Sneh habían hecho “escapar” del lugar a los ingleses (quienes en esos años gobernaban la zona por mandato), Truman al mismo tiempo había desoído las demandas de las compañías petroleras norteamericanas que estaban por sus propios intereses en contra del establecimiento de un país judío, y por su lado Stalin había especulado equivocadamente creyendo que con ese enclave izquierdista en la región podría fagocitarse el Levante, permitiendo por ello que Checoslovaquia le suministrase un fundamental armamento (acción de la que no tardó en lamentarse y que lo llevó a desatar una ola de antisemitismo en la Unión Soviética, comenzando por el asesinato del actor judío Salomón Mijoels).


Y así se llegó al 14 de mayo de 1948, cuando David Ben Gurión, en la ciudad de Tel Aviv, leyó la proclama de la Independencia de Israel. La alegría, incontenible, inundó entonces a todos los hogares judíos del mundo, para paliar aunque más no fuera mínimamente la congoja que sentían a causa de la carnicería perpetrada recientemente por alemanes y asociados contra su pueblo.

DE LODAZAL A VIRGUERÍA

Claro que el retorno a casa tuvo sus dificultades, porque la comarca era de suyo inhóspita y poco recomendable dada la catadura de sus habitantes árabes. Asimismo, la otrora morada suntuosa que había sido el Reino de Israel estaba parcialmente destruida y corrupta gracias a la dejadez e incapacidad de quienes la habían usurpado durante centurias, aun cuando contingentes de pioneros judíos la venían reconstruyendo desde finales del siglo XIX. Y además, estaba severamente cercenada, porque todo lo que se le otorgó al nuevo país fue una misérrima porción de tierras cenagosas y plagadas de inestables dunas de arena en su costa y sin la parte principal que hacía al alma judía: la ciudad de Jerusalem. Desde siempre los judíos se habían juramentado: “Le Shaná Habá beYerushalaim” (el año que viene en Jerusalem); y Jerusalem, justamente, había sido declarada ciudad internacional, infligiendo así a los judíos la más grande ofensa al negárseles la soberanía sobre sus sitios sacros. Un acto de segregación territorial del que acabó aprovechándose el Reino de Jordania, cuando, en medio de la Guerra de la Independencia, se apropió de la Venerable Ciudad. Tuvieron que esperar por ello los israelíes otros 19 años, posteriormente al discurso inaugural de Ben Gurión, para que en el transcurso de la Guerra de los 6 Días se oyese la transmisión entrecortada de una radio militar, donde con voz gozosa y jadeante el entonces coronel Mordejai “Mota” Gur proclamaba: “HaAr Habait beiadeinu” (“El Monte del Templo está en nuestras manos”). Recién en ese momento, con la reconquista de su capital histórica, Israel estaba tolerablemente completado.


E Israel comenzó a crecer sin pausas y no dejó de hacerlo en adelante, pese a las muchas guerras que le declararon sus vecinos, y en las que prevaleció siempre por la capacidad y patriotismo de su población. Y se convirtió en un país pujante y moderno, instaurándose como la única democracia que existe en el Oriente Medio.

PRONTO LLEGARÁ, TROPIEZOS MEDIANTE, EL CUMPLEAÑOS Nº 60

En unos cuantos meses más, Israel cumplirá 60 años. Y festejará debidamente su aniversario, es de esperar que por primera vez en medio de tratativas de paz sólidas y serias, y con la posibilidad de ser verdaderamente las definitivas; ésto aun cuando el camino a recorrer siga estando plagado de escollos (sí ambos bandos lo quisiesen, fácilmente superables) y con no pocos riesgos, en el ínterin, de enfrentamientos y atentados -con y de- sus sempiternos enemigos.
De cualquier manera, han transcurrido ya 59 años desde que el pueblo más perseguido de la historia consiguiera consolidarse en el suelo que desde el pacto hecho con Abraham el “abiru-urita”, Dios le había conferido. Y con ello plantó un jalón más en los anales del judaísmo, sumándolo a los muchos jalones que demarcan su larguísima trayectoria de 5768 años, según cuenta propia. Pero,... pese a los fastos, celebraciones y brindis que habrá, merecidos por cierto y a sus muchos logros, Israel hoy no puede soslayar el hecho, aunque ésto no sea nada nuevo, de que está completamente solo en su lucha por sobrevivir. Con no poco dolor y desazón nota que se encuentra, dentro del concierto mundial de las naciones, en esa soledad absoluta en la que siempre estuvieron los judíos, desde sus mismos empieces. Porque a Israel especialmente (aunque decir Israel es referirse ineludiblemente al pueblo judío en su conjunto), al margen de los muchos enemigos que le colgaron por vecinos las naciones herederas del Pacto de Yalta, le soltaron además la mano casi todos aquellos que en principio lo aplaudían y/o alababan. Y aquí cabe preguntarse: ¿fue y es Israel culpable de algo malo en especial y de ahí su aislamiento?. La respuesta es contundente: no más que aquellos que lo aíslan. Ocurre que las demandas hacia Israel, la mayoría de ellas desmesuradas, son incesantes. Porque quienes fabrican, compran o venden armas, lo acusan de traficar con armas. Los que erigen cercos, muros o alambradas, le imputan segregacionismo por levantar una valla de protección para sus propios ciudadanos, a efectos de que terroristas enloquecidos y además: “extranjeros”, no puedan entrar al país a asesinarlos a mansalva. Aquellos que protagonizaron masacres (como por ejemplo el Reino de Jordania contra los palestinos y muchos más que han obrado matanzas semejantes, que como todas las matanzas son injustificables) le endilgan la culpabilidad de un genocidio (aunque en proporción de caídos por cantidad de población vaya en pérdida), cuando Israel en realidad no hace otra cosa que defenderse en medio de una guerra excepcionalmente sucia y sus soldados, cuando matan porque no les queda más alternativa, lo hacen en combate. ¡¡¡Ciertamente kafkiano el asunto!!!.

RESUMEN

En esta última etapa de su larguísima tradición histórica y desde aquel congreso de Basilea donde unos pocos visionarios les concibieron un Estado autónomo y definitivo, habiendo pasado en el ínterin por infinidad de pogromos y una guerra excesivamente cruenta, además de los continuos ataques que sufrieron desde la declaración de su independencia, los hebreos, gracias a una cantidad de gobernantes imaginativos y decididos, soldados de una valentía y disposición excepcionales, una población de los más disímiles orígenes cuyo horizonte principal era y es edificar un país habiendo partido prácticamente de la nada y miles de víctimas civiles a causa de actos de terror, consiguieron sobrevivir 110 años. A la mitad de ese tiempo y luego de aquel exterminio descomunal y único en la historia del hombre antes mencionado, y aun debatiéndose en la más absoluta soledad mientras defendía su vida, el pueblo judío fue construyendo su propio país. Entendió finalmente (aunque por ello tiene contiendas internas con algunos de sus ciudadanos religiosos fundamentalistas, muchos de ellos manifiestamente antisionistas) que se honra más a Dios trabajando que rezando (cosa que no hacen por ahora sus vecinos) y así, en sólo 59 años, erigió un Estado que es ejemplo para el mundo y al mismo tiempo su propio orgullo. Y trabajando en medio de misiles y bombas que explotan ininterrumpidamente contribuyó de paso con grandes adelantos en los campos de la agricultura, la tecnología y la ciencia, en su beneficio y en el de la humanidad entera. Y todo ello sin pedir otra cosa a cambio, no un trato de excepcionalidad como le endilgan algunos (mayormente intelectuales de fuste), sino, solamente, de igualdad. Aún no lo ha logrado, en su lugar, gracias al chantaje de los petroleros árabes (que oportunamente lo habían abarrotado con los excedentes de desarrapados de su pueblo, a quienes más adelante, cuando no pudieron acoquinar militarmente a Israel, llamaron o inventaron como “el pueblo palestino) se ha echado encima miríada de enemigos, desde la extrema izquierda a la ultra derecha más rancia. Y por ello está obligado a seguir peleando, cuando su único anhelo es la paz. Pero, en tanto no consiga esa paz, que debe llegar también, y fundamentalmente, con seguridad, tendrá que seguir haciéndolo. Porque Israel y el pueblo judío (aunque no debería ser necesario aclararlo ya que son una misma cosa), pelearon, pelean y sin duda alguna seguirán en su lucha por conseguir la grandeza implícita en su pacto con Dios, quien oportunamente les había prometido y desde luego cumplido con la promesa al haberles permitido retornar, a esa tierra por la que batallan cotidianamente. Con la única ventaja, si se la puede llamar así, de contar, como ocurriera en los gloriosos tiempos del Rey David, con un ejército lo bastante poderoso como para lograr sus objetivos y mantener incólume la plaza. Porque Israel y los judíos tienen una determinación que nadie conseguirá torcer, aun con sus manifiestas equivocaciones y excesos, frutos no de su codicia sino de una guerra insensata que otros le han planteado. E inclusive si las cosas se les ponen difíciles (si las presuntas tratativas de paz se malogran y hay nuevas Intifadas y bombas), les queda aquello de Arturo Jauretche, un memorable verso que escribió por otros motivos, pero que para el caso les viene de perillas:

...en eso murió Ramón,
jugando a risa su herida,
siendo grande la ocasión,
lo de menos... es la vida