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lunes, 16 de julio de 2007

LA DICTADURA DE LA ULTRA-ORTODOXIA, de Mario Wainstein

Paradójicamente, Israel es el único país libre de Occidente que impide por ley la libertad de culto a algunos judíos. En cualquier lugar del mundo libre, un judío tiene derecho a practicar libremente su culto sin discriminaciones, sea ortodoxo, conservador o reformista. En Israel, sin embargo, ni ellos ni los judíos no creyentes ni observantes, como yo, tienen derecho a vivir sin ser violentados en su fe.Aunque les disguste a amplios círculos ortodoxos, hay judíos religiosos que sin embargo no están dispuestos a renunciar a valores occidentales que ya han asumido como propios, pese a que en el judaísmo canónico no son reconocidos, por ejemplo: la igualdad de derechos y deberes de hombres y mujeres.Peor aun, los judíos no religiosos e incluso ateos, somos amplia mayoría en el pueblo judío tanto en Israel como en la diáspora. Somos judíos no observantes orgullosos de nuestro judaísmo, que constituye nuestra definición cultural y nacional, nuestro marco de referencia y nuestro molde sobre el cual volcamos, cada uno de acuerdo a su origen, su educación y sus preferencias, contenidos de todo tipo: somos los grandes y más positivos revolucionarios del judaísmo vivo, los que generamos una nueva cultura israelí y judía; revivimos la lengua, reinterpretamos las escrituras, actualizamos las festividades, damos nuevos significados a nuestra milenaria historia, forjamos, conservamos y defendemos nuestra independencia como nación.Pese a ello, y debido a acuerdos que jamás pudimos haber pensado en su momento que eran despóticos y ruinosos, hemos resignado parte de nuestros derechos elementales y le concedimos a una minoría, los religiosos, y dentro de ella a una secta a su vez minoritaria, la ortodoxia, lo que en cualquier país democrático occidental es atributo exclusivo del Estado, que por definición también es laico: la autoridad exclusiva para decretar casamientos y divorcios de ciudadanos judíos.Esa situación constituye una irregularidad que coloca a Israel, en ese aspecto, en el mismo nivel de otras teocracias que prefiero no nombrar. La religión es por definición inflexible e intolerante, y así debe ser, pero precisamente por eso no puede ni debe ser impuesta a los ciudadanos en tanto tales.Lamentablemente, mientras el Rabinato asumía su condición de funcionario público y de prestador de servicios incluso a quienes no respetan sus leyes, acomodaba su funcionamiento a las necesidades de ese público que, por lo tanto, lo aceptaba.Afortunadamente, sin embargo, la línea rabínica se hace cada vez más dura. Esta semana, con los auspicios del nuevo ministro de Justicia, la comisión encargada de los nombramientos designó a quince nuevos jueces de la Alta Corte Rabínica , de los cuales doce pertenecen a la ultra ortodoxia y obedecen a las instrucciones impartidas por el severo rabino Eliaschiv, de la línea ``lituana''. Esto asegura que para muchos ciudadanos, hasta ahora indiferentes a lo que sucedía en los ámbitos rabínicos, la vida se haga más difícil. Sostengo que en este caso los bolcheviques tenían razón: cuanto peor, tanto mejor. La rebelión está cerca.El sionismo religioso es quien ha puesto el grito en el cielo, después de haber colaborado durante años para que se llegue a esta situación, y de haber observado con pasmosa pasividad cómo se desvirtúa el sentido de lo que se pretendía hacer.Lo que se pretendía era conservar la unidad del pueblo judío en Israel. Esa unidad ya no existe: laicos y religiosos conforman ya hoy en día dos grupos separados que no se mezclan ni comparten prácticamente nada. En esas condiciones, ya de nada sirve la renuncia de los laicos, por ejemplo al casamiento civil, ya que de todas maneras no se evita la división.Ahora estamos frente a una situación ridícula, en la cual los ciudadanos no religiosos y no observantes, o los profesantes de una religión de avanzada, deben recurrir a los recursos de quien no reconoce la autoridad de la ley del Estado, no comparte por ejemplo la idea de la igualdad de la mujer, mantiene tribunales en los cuales no hay ni puede haber aunque sea una jueza, sujetos todos a decisiones que nos parecen, desde nuestro punto de vista con justicia, absolutamente ridículas y arbitrarias.No sólo les damos la autoridad, sino también, desgraciados nosotros, les pagamos su sustento dentro y fuera del Rabinato. Durante años hubo productos que llevaban el sello del rabinato certificando que son ``casher''. Hasta que los ultra religiosos lograron que se les agregue el sello de sus propios tribunales, porque las fábricas de alimentos calcularon que con eso ampliaban sus mercados.En realidad, se trataba de una ofensa que debería haber sentido antes que nadie el sionismo religioso del Mafdal: se estaba diciendo que el certificado otorgado por los rabinos ``sionistas'' no era suficiente. En lugar de organizar una huelga de consumidores a productos que lleven el sello ultra ortodoxo, todos se resignaron a ``la convivencia''. De hecho, la ultra ortodoxia que me impone por la fuerza un sistema legislativo primitivo que no comparto, vive de mi dinero: de lo que se le paga con mis impuestos a los rabinos oficiales, y lo que se le paga a los no oficiales por el certificado de ``casher''.Cuando Julio Cohen y Oscar Katz descubran que no pueden casarse en Israel porque sus novias son divorciadas o viudas, y cuando Mónica Rabinovich descubra que no hay manera de darle un certificado que la haga apta para el casamiento porque no es seguro de que su anterior marido le haya dado un divorcio acorde con la más estricta ley judía, comenzaremos a reclamar lo que nos pertenece. Esta semana se dio un paso en esa dirección.